El Jadeo, el sonido del amor y excitación sexual.

Los sonidos sexuales son involuntarios, inevitables y acontecen por causas fisiológicas. Por eso son tan excitantes.
Quién no se ha excitado escuchando los jadeos amorosos al otro lado de la pared?
Para la mayoría, los gemidos sexuales son un irresistible elemento erótico, hasta el punto de que su difusión está tan penada como la del cine X. En EEUU, basta con que una pieza musical incorpore algunos de estos susurros para que sea apartada de los circuitos comerciales normales. Los jadeos han sido incluso tildados de patología sexual. Frederik Koning los incluye en su libro Los errores sexuales como una forma de fetichismo. “Esta forma de anomalía sexual, más extendida de lo que se cree, contribuye al alarmante incremento de los casos de impotencia precoz de índole psíquica”, asegura.
¡Casi nada!
Los sonidos del amor son los grandes olvidados. Sólo los antiguos
les concedieron relevancia. Para el poeta Ovidio (43 a. C.-18 d. C.)
eran tan importantes que debían fingirse si no salían de forma natural,
y Vatsyayana, autor del Kamasutra, aconseja imitar los gemidos eróticos
de los animales.
En la actualidad, unos cuantos pioneros, como la sexóloga Jenny Hare,
autora de Think Sex (2000), defienden que la voz es una “zona erógena”,
y una de las más importantes. No en vano, la voz está conectada con las
hormonas sexuales, y cuando estas se disparan, en la pubertad, cambia.
Además, los jadeos representan el primer síntoma de la excitación femenina,
como resaltaron las mujeres entrevistadas por Shere Hite.”Yo gimo, gruño y
pierdo el control de mi pelvis”, afirmaba una al describir un orgasmo.

Zona erógena
Naturalmente, el hombre también jadea, pero la tradicional reclusión de sus sentimientos le ha hecho reprimirse.
Nada más iniciada la relación sexual, la cifra normal de 80 pulsaciones por minuto se eleva a 90 o 100. Lo mismo ocurre con la presión sanguínea, que de 120 se pone en 200. En el momento del orgasmo, ambas llegan al doble. Para conseguir mantener semejante ritmo, los pulmones deben inhalar más oxígeno; para facilitarlo, se abre la boca, se dilatan la aletas de la nariz y la respiración se hace más profunda y más rápida, y se acaba convirtiendo, al acercarse el momento del orgasmo, “en un prolongado jadeo, a menudo acompañado de rítmicos gemidos o gruñidos”, según Desmond Morris.
Los sonidos sexuales son involuntarios,inevitables y acontecen por causas fisiológicas, lo cual no nos diferencia de los animales, que pían, croan o braman durante la cópula. Pero, con un poco de inteligencia, picardía y práctica, se puede superar el condicionante animal y hacer de los jadeos todo un arte.

El arte del jadeo
Los gemidos constituyen un excelente medio para guiar a nuestra pareja en lo que nos apetece, para confirmar una caricia adecuada o expresar, simplemente, la dicha que sentimos con el contacto. En un claro mecanismo de retroalimentación, cuanto más confiado y cómodo se siente un miembro con el otro, mayor intercambio de jadeos tiene lugar. Y cuanto más intercambio de jadeos, más confiado y cómodo se siente cada uno de los miembros de la pareja. Esto es hasta tal punto así, que el erotismo oriental ha inventado la “técnica de la conspiración”, consistente en sincronizar la respiración de los amantes.
El psicoterapeuta ruso George Ivanovich (1873-1949) practicó en una ocasión la técnica con una mujer desconocida, que cenaba frente a él. Ella palideció y quedó conmocionada. Luego, explicó: “Sentí de pronto como si me alcanzaran en mi centro sexual”.
Una posibilidad suplementaria es la de la verbalización, consistente en añadir palabras y frases a los jadeos, con lo que la energía erótica se hace aún mayor. Para Jenny Hare, las palabras, al estimular el pensamiento, crean una dimensión sexual mucho más satisfactoria que, por ejemplo, la que puedan proporcionar los vídeos eróticos. En este contexto son válidas desde las más dulces a las más soeces. Es el momento de dejar volar la imaginación, teniendo siempre muy en cuanta que el objetivo es enervar a nuestra pareja, y no abrumarla o sojuzgarla. Tan afrodisíaco puede ser un auténtico y sentido “¡Sí!” como una sucesión de transgresoras y obscenas palabras. Cada amante puede inventar sus propias palabras eróticas, haciendo de ellas todo un mundo secreto en el que nadie puede penetrar.
Marcel Proust (1871-1922) relataba con respecto a esto: “Swann, inflamado de deseo por
Odette, palpa y besa sus senos con el pretexto de oler una orquídea que pende de su escote”. Desde entonces, el nombre de la flor se convierte para ambos en un desencadenante del deseo y del encuentro sexual.
Los jadeos, susurros y palabras musitadas, alternados con silencios, constituyen toda una sinfonía amorosa, distinta siempre y personal en cada pareja. Es necesario que aprendamos a escuchar esta sinfonía, fomentándola y creándola deliberadamente. Como el sexo tiene su vista, tacto y olores propios, tiene también sus sonidos, cuya variedad da lugar a la infinita música del amor.